Bueno, a ver qué sale esta vez. Porque vamos… estoy de capa caída. Consciente soy y con los ases extraviados de tanto hastío. (Añadido al final: ha salido un lamento patético, mejor no sigais leyendo).
Dándole al melón, melonando, sobre el tedio y la apatía, la desgana, la alienación: el estar no estando la mayor parte del tiempo y todas esas miserias que son parte destacada de mí -no hay nada que hacer- (Que sí, que síii…, que ya lo se, que hay que pensar en positivo, tu vida depende de tu enfoque y tu puedes controlar tu pensamiento, precioso, pero otra mierda inviable, otro fraude… quién cojones lo consigue hoy en día, seamos claros. ¿Por cuánto tiempo puedes dibujar esa estúpida sonrisa en tu cara, alimentada de ego adulterado a base de cintas de audio en las que te aseguran que ‘tú lo vales‘, como las que escuchaba el friki aquel de Dog House? Venga hombre…, ésto no tiene remedio, no es pesimismo, es ser realista), pues melonando, decía, vuelve el ala de cuervo a planear sobre ésta testa: “si mañana la palmaras… qué brutalmente absurdo todo”.
Y venga y dale con qué absurdo todo.
Que descabellado haber estudiado tanto tantas cosas que me importaban cero. Durante tantos años. Tanto estresazo de exámenes, clases presenciales forzosas, trabajos grupales de pesadilla, plazos de entrega, noches en vela, muchas, demasiadas, de café hasta las pestañas y éstas quemadas, para acabar en un tajo traidor y desmotivante, luchar cada día con el puto despertador, semana tras semana esperando al viernes, para que llegue el domingo sin haber paladeado intensamente las horas que se escapan muchas veces en más obligaciones… bla, bla, bla, blerrrgghh. Qué os voy a contar.
Y no puede uno quejarse.
Es inmoral. Pon las noticias. No puedes. Aún tienes techo, aún tienes suerte, no se lo ha llevado un huracán.
Y mañana a volver a ser un robot productivo. Reuniones de balances, control de muecas, gesto hierático (tengo que pensar en mis gestos concientemente cada segundo porque a la que me descuido me sale el Louis de Funès y a mi jefa le molesta, haciendo peligrar mi extra en navidad), y traga, traga, traga, un mes y otro, un año y otro, un lustro, y otro, y a otro que voy. Sin nunca acostumbrarme a no ser yo, a disfrazarme, a madrugar, a las malas putas, a las estadísticas falsas y la vital importancia de la foto. En fin.
Pues cambia de curro.
Qué fácil. Renunciar a un indefinido de los de verdad hoy en día, con la que está cayendo, es un suicidio. A joderse viva toca.
Y si mañana me muriera… qué colosalmente absurdo todo. Una mota de polvo menos en el universo infinito. Ya ves tú.
En el diario gratuito del metro esta mañana auguran un aumento espectacular de nuestra esperanza de vida. Llegar a centenario cada vez está más chupao. (Aquí, of course, ya lo dan por sobreentendido pero habría que recalcarlo: aquí, ya me entendéis). Si es que somos semi-dioses. El hombre: lo más de lo más. Los putos amos del mundo, con toda una variedad de los mejores productos a su alcance ahora por módicos precios en cómodos plazos. Eres lo que tienes. Y siempre quieres más. Y mejor. “¿La muerte? uy, hija, qué siniestra eres”. La muerte es tabú. La muerte está muy lejos, y cada vez más, cómo piensas en la muerte. Pues porque a lo mejor yo no me lo tengo tan creído como ser existente que algún día más próximo o más lejano dejará de serlo.
¿Y qué me llevo?
Lo que me llevo lo dejo para otra entrada, que ya se que todos estais muy faltos de tiempo. Así la próxima será algo más vital.
Y tenéis que ver Bruno. (Para terminar desdramatizando, así, por la cara).
(Roberto, tú no, que luego me pegas la bronca por mis recomendaciones).
Mucho mejor en V.O.S, el doblaje es penoso.

